El primer día del resto de mi vida



Puedo sentir como se me eriza el vello de la nuca. Inspiro y espiro profundamente. Es como si no estuviera aquí, en la iglesia, a pesar de que he saludado a un número incontable de personas. Mis ojos están cansados y resecos, ya no quedan lágrimas por salir. Las manos me siguen sudando, así que nerviosamente las intento secar con la tela de mi vestido. Esto me da unos segundos de descanso. El contraste del color de mis uñas con el blanco de mi vestido me hace casi sonreír. <<Siempre he querido verte con las uñas azules, cielo, sabes que es mi color favorito. Dame ese capricho, así sabré que aunque estemos separadas, pensarás en mí >>. Me lo pidió de tal manera que no pude negarme. Tras comprar el pintauñas y confirmar que lo aprobaba, lo guardé para usarlo sólo hoy. Nunca más volveré a hacerlo, sería como recordar que ya no podremos estar juntas. 

Un suspiro involuntario, acompañado de un pequeño escalofrío, sale de mi garganta.

- ¿Qué tal, princesa?- me pregunta mi padre, dándome un beso en la frente – no te preocupes, todo saldrá bien.

- Lo sé, papá, sólo es que todavía no me he hecho a la idea, nada más, pero te prometo que lo haré, estoy decidida – le contesto en voz baja, mientras mis manos rodean su brazo y le doy un cariñoso apretón. Los dos dirigimos una mirada expectante al pasillo, adornado con flores blancas y azules, al igual que el altar. No queda mucho para que llegue, y todavía no puedo creer que estemos aquí. Han pasado tantas cosas en los últimos seis meses, que casi se me cierra la garganta de pensarlo.

Cada vez está más llena la iglesia. Puedo ver que ha venido casi todo el mundo que recibió la invitación. Sé que están sorprendidos, porque muy pocas personas conocían lo que pasaba, pero aún así están aquí, y eso debería llenarme de orgullo.

Ya queda menos, lo puedo notar. El vacío empieza a llenar mi corazón, y duele, duele mucho. Es un dolor que me ahoga, y no me deja respirar. Sólo apoyada en mi padre soy capaz de seguir en pie, esperando, sin saber si llegaré hasta el final del día.

La falta es tan grande que todavía no sé cómo voy a continuar con mi vida, mi trabajo, mis amigos, mi futuro, mis risas… Sé que seré feliz en algunos momentos, pero será una felicidad opaca, no completa.

- Cariño – mi padre empieza a hablarme mientras me arropa con su abrazo, como hace cuando me ve preocupada o nerviosa – todo saldrá bien, ya lo verás – repite - Tienes que ser fuerte. Lo hemos ensayado más veces, y no habrá ningún problema.

- Gracias papá, te quiero – me tiemblan las manos y me tiembla la voz.

- Bueno, ya lo hemos hablado, sólo tienes que decir lo que sientes. Cierra los ojos un momento, respira profundamente y dime qué te viene a la cabeza – como siempre, mi padre es capaz de darme el consejo más adecuado para esos momentos que marcarán mi vida.

-Hola, buenas tardes – José nos interrumpe cuando estoy a punto de responder, me agarra la mano derecha sin que mi padre me libere de su abrazo, y me da un beso en la mejilla – estás muy guapa con este vestido.

Como otras veces, su contacto me reconforta. Le sonrío tímidamente pero sin sentimiento. Sé que está aquí por mí, para que sepa que me quiere, y que estará a mi lado, pero a mí ahora no me importa, yo solo pienso en ella, en mi necesidad de ella. Otra vez el vacío en el pecho, y el dolor, y la pena… madre mía, cómo la necesito… Necesito escucharla, necesito tocarla, necesito olerla, necesito besarla…

Ya está aquí. Ya ha llegado. La gente se ha puesto en pie como si de una coreografía ensayada se tratase. La música suena mientras recorren el pasillo. No puede ser, empiezo a ser consciente de que hemos llegado al final del camino que empezamos juntas hace unos meses. Sé que el ataúd blanco sorprende a todos. Era su color favorito junto con el azul. <<Llena la iglesia de blanco y azul, con flores por todas partes. No quiero que vistáis de negro, ya sabes que no me gusta. Ponte el vestido blanco de fiesta que te regalé por tu último cumpleaños. Estarás preciosa. Y no te olvides de poner a Carlos Núñez, me encantan sus canciones y su música>> y con esta petición comenzaron los preparativos de su funeral, el funeral de mi madre.

Como si de una marcha marcial se tratara, van acercando su ataúd al altar, en cuyo lateral estamos mi padre y yo esperando de pie. Todo comenzó el 14 de octubre del año pasado, cuando celebrábamos el cumpleaños de mi padre. Mientras abría los regalos, mi madre se derrumbó de golpe. Mi padre llamó a una ambulancia y tardaron muy poco en venir. Todavía puedo sentir el miedo que se apoderó de mí, penetrando en mi alma. Lo siguiente es algo más confuso: sirenas, gente entrando en casa, médicos, paramédicos, reanimación, más sirenas, todo a cámara lenta, una cosa detrás de otra, hasta que tras varios días de pruebas y pruebas, y de muchos silencios, un médico nos dijo que habían descubierto un tumor cerebral agresivo, en fase cuatro, inoperable y terminal. Ocho letras que te cambian la vida, ‘t e r m i n a l’. Como siempre, ella fue más fuerte que nosotros, consiguiendo que nos involucrásemos en un proyecto común, familiar, de los tres: su despedida.

Y hoy ha llegado el día. Vuelvo a suspirar, pero esta vez mantengo más tiempo el aire en mis pulmones, para ver si así consigo serenarme, sin embargo no lo logro. Ahora cuando dejen el ataúd en el altar, lo primero y lo único que haremos en esta atípica celebración, será mi intervención. 

Como si me estuviera mirando desde el techo, fuera de mí, me veo moverme y acercarme al micrófono preparado para empezar a leer. Un paso, otro paso, estoy concentrada en mis piernas para no caerme. Me está costando avanzar, más de lo que creía, y es que la echo mucho de menos, tanto que siento como si hubiera perdido mi vitalidad. Ya sólo soy una versión apagada de mí misma.

Me acerco al micrófono lentamente, y casi como si de un susurro se tratase, les doy las gracias a todos por venir. En este momento mis ojos se llenan de lágrimas impidiéndome continuar. <<Mierda. Así no es como debería de ser. Lo siento, mamá>>. Casi estoy paralizada, pero sé que tengo que seguir, ella lo quería así, me lo pidió y yo le dije que lo haría. <<Dame fuerzas, mamá, dámelas>>

-Los últimos meses hemos estado viviendo…- no puedo continuar, las palabras no me salen – perdón, estoy un poco nerviosa – un par de lágrimas se deslizan por mis mejillas - …ummmm… yo… ella – no soy capaz de articular nada coherente, todo esto duele demasiado…

Cierro los ojos y respirando para intentar tranquilizarme. Me concentro en mi madre, en su mirada, en su tacto, en sus palabras: <<mamá, no me veo capaz de trasmitir lo que realmente siento delante de todos. Va a ser muy difícil sonar sincera>> <<claro que podrás, cariño, sólo recuerda que un pensamiento llegado del corazón no puede tener sino sinceridad, y eso es lo que la gente espera escuchar, lo que sinceramente sientes dentro de ti>> Me lo dijo mientras me besaba el pelo y salía por la puerta de la habitación, dejándome sola para que lo intentara. Ella siempre creía en mí.

Abro los ojos y los miro a todos. Mi padre me sonríe. Es una persona increíble, y aunque sé que está sufriendo por su ausencia, sabrá seguir adelante. A su lado está José. Sus ojos me están diciendo que me apoya, que me entiende y que estará conmigo cuando le necesite. Es un gran amigo, quizás el mejor que tengo y tendré. Sé que está enamorado de mí desde hace mucho tiempo, y eso me halaga a la vez que me asusta. Mi madre me pidió que le diera una oportunidad, y creo que lo haré por ella, pero también por él y por mí, y por la vida que nos queda por vivir. Es curioso, lo acabo de decidir, mientras sigo mirando a todos, y esto me hace sentir mejor. Me doy cuenta de que ha disminuido parte del vacío que tenía por dentro, y una media sonrisa se dibuja en mis labios. Todo va a estar bien a partir de ahora, lo sé.

-Gracias, mamá, te quiero y seré feliz- ya está, no es necesario decir nada más. Vuelvo a sonreír y me bajo del altar, poniéndome entre mi padre y José. A mi padre le doy un beso sincero, mientras mis dedos se entrecruzan con los de José, que acepta el gesto sin decir nada, aunque me doy cuenta de que sus hombros, de pronto, se relajan. Ya me siento preparada para seguir adelante, y todo gracias a ella, como siempre.

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