Las chicas de Canterbury, de Kim Wright


Una novela que nos enseña que la vida está llena de posibilidades y que los milagros suceden cuando menos lo esperas. Che de Milan no pasa por su mejor momento. Tres días después del funeral de su madre, recibe la urna con las cenizas y una nota adjunta recordándole una promesa que tenía medio olvidada: Conforme a nuestro acuerdo, ahora debes llevarme a Canterbury. En un principio desecha la idea. Al fin y al cabo, era solo una de las ideas excéntricas de su madre. Pero tras recibir una segunda carta de su novio, en la que la abandona por otra, toma la decisión definitiva: se marcha a Canterbury. De mala gana, se une a ocho desconocidas en un viaje de casi cien kilómetros entre Londres y el santuario de Thomas Becket en la catedral de Canterbury, conocido por sus milagros. Che, que es una adicta al trabajo, se verá obligada a aflojar el ritmo, a dejarse llevar y a tomar conciencia del mundo que la rodea. Las peregrinas van narrando historias por el camino a la manera de Chaucer, rivalizando por ver quién consigue plasmar con más acierto la verdadera esencia del amor. A medida que estrecha lazos con sus compañeras (y, lo que es más importante, consigo misma), Che irá descubriendo las difíciles y sorprendentes enseñanzas que nos depara el camino acerca de la vida y la muerte, el amor, el desamor y las virtudes de la imperfección.

Compré esta novela el verano pasado, o el anterior, no lo recuerdo, aprovechando el irresistible precio que tiene en papel (5,65 euros). Me atrapó esa portada maravillosa y la mezcla entre peregrinaje, mujeres y soledad. Ha sido un camino maravilloso que me ha incitado a saber más de esos Cuentos de Canterbury escritos por Geoffrey Chaucer y que sin duda inspiran este texto y lo que en él se refleja.

Con sabor inglés, aunque tanto la autora como los personajes son estadounidenses, esta novela, que he leído de un tirón, me ha trasladado a esos parajes ingleses, en pleno verano, lo que he agradecido por el tiempo, y un poco a otra época en la que las personas raramente salían de su entorno cercano así que las peregrinaciones, aunque fueran pequeñas, significaban mucho. Vamos, me atrevo a decir que he añadido este camino en mis deseos viajeros.
Por eso quiero ir a Canterbury. Para que un sacerdote con poder me perdone y luego me diga qué tengo que hacer para arreglar las cosas.—Un sacerdote de Canterbury no puedo decirte cómo arreglar las cosas —apunta Tess—. Son anglicanos. Ni siquiera pueden perdonarte, en realidad. Puede darte la bendición, pero cada persona tiene que encontrar la forma de que su historia tenga un buen desenlace.
He leído opiniones muy distintas sobre esta novela. Supongo que influyen las expectativas que tengas a la hora de leer y lo que creas que será la historia. Yo estoy en el grupo de los lectores que han disfrutado enormemente de este viaje en el que he conocido a Che de Milan, el porqué de sus miedos y su manera de afrontarlos hasta el momento; además de acercarme a un grupo de mujeres que me han contado su visión de la vida y la muerte, el amor, el desengaño y lo complicado y sencillo que es todo, y a toda la sabiduría que atesoran y que comparten con Che y, por ende, conmigo como lectora.
—Pues sí, cumplir los cuarenta es así —prosigue Claire—. Un cambio de clima, un movimiento del sol entre las nubes, un recodo en el camino, y de pronto, como por arte de magia, el mundo entero parece distinto.
Las chicas de Canterbury es un viaje, tanto físico como espiritual. Es una peregrinación, emulando a esos peregrinos que iban a la catedral de Canterbury, durante cinco días (aproximadamente cien kilómetros), realizada junto a extraños y compartiendo ese tiempo de avance, cada uno con su motivación personal. Un grupo de mujeres que, a través de este viaje, de esos caminos, irán acercándose e irán contando una historia, al igual que hicieron esos peregrinos de los cuentos que recoge Chaucer.
Era una mentira de lo más buena, pero cuesta ser sincera en presencia de personas moribundas, igual que cuesta ser sincera con tu madre en cualquier circunstancia. De modo que, cuando es tu madre la que está moribunda, el efecto se duplica y entras en el extraño submundo de las paparruchas. Empiezan a salir de la boca palabras sin ton ni son, porque estás dispuesta a decir cualquier cosa con tal de superar un momento concreto. Una vez, me descubrí recitando las capitales de los cincuenta estados de Estados Unidos por orden alfabético.
Desde esas historias, y de cómo el resto del grupo se involucra en lo que está escuchando, participando tanto con su opinión como con las consecuencias de las mismas, conoceremos las distintas situaciones en las que se encuentran y lo que les ha llevado hasta allí. Al final, es la vida en sí, tan simple que se puede contar como una historia, y tan compleja que implica lo que se cuenta y lo que no se cuenta. 

Por cierto, interesante contrapunto aporta la guía y su british conocimiento del camino. 
Los restaurantes son las iglesias de mi generación, los lugares donde nos congregamos para confesar nuestros pecados, beber vino, buscar atisbos de esperanza y, lo que es más importante, sentir que pertenecemos a una comunidad, o al menos encontrar alivio momentáneo en nuestra soledad.
Lo más significante no son en sí las historias sino cómo estas consiguen que Che comprenda su propio pasado y relativice sus miedos. La soledad constatada de la protagonista se diluye a medida que vamos avanzando en este viaje por esa campiña inglesa, y todo con una narración punzante, inteligente, directa, sincera, divertida a veces y llena de ironía, y con la inmediatez y cercanía que te da una historia narrada en primera persona y presente.

Agarro mi teléfono y pulso una tecla.
-Siri -digo-, ¿cuál es el sentido de la vida?
La lucecita morada del micrófono parpadea mientras hablo.
Y ella contesta: No lo sé, pero creo que hay una aplicación para eso.
Estupendo. He llegado a un punto de mi vida en el que mi propio teléfono me contesta con sarcasmo.

Aunque el hilo conductor es ese viaje, no existe mucha descripción; puntualmente sí que se va hablando de los lugares donde paran y que visitan, pero el viaje es más interior, personal y curativo, sobre todo para la narradora, Che de Milán. Sin duda, no es la misma Che la que comienza el viaje que la que termina, y creo que yo tampoco

En sí, es un diálogo con ella misma a partir de las conversaciones con las demás, que ayudan a encauzar sus sentimientos, sus miedos, su tristeza y sus recuerdos.

Lo dicho, depende de lo que esperes de esta novela, pero, para mí, ha sido una gran lectura que me ha llevado a comprender cómo debemos reconciliarnos con nuestro pasado y con nuestro presente, y si para conseguirlo hay que animarse con una peregrinación, estoy dispuesta a ello. Muy recomendable. 


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Comentarios

  1. No pinta mal y la portada me gusta, me llama la atención, buen post

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  2. hola
    no es un libro que me llame demasiado asi que lo voy a dejar pasar
    Gracias por la reseña
    Besotesssssssssssssssss

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  3. Hay ciertos libros que nos tocan la fibra y nos cambian aunque sea un poquito. Y si necesitas compañera de viaje, me apunto.

    Un abrazo

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  4. Ay, me ha enamorado esa preciosa portada. Y lo que cuentas también me ha convencido jejeje
    Besos

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  5. Ya esa portada es maravillosa y me veo con ánimos de darle una oportunidad y atravesar esa portada para ver que esconden sus páginas.
    Gracias Carmen siempre encuentro un muy buena lectura en tu blog.

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